domingo, 25 de agosto de 2013

Sobredosis.

Me sofoco, me hundo.
Todo y todos acabarán con mi existencia.

Cuando dormía, las cosas eran distintas...
Me parecía oír de un modo tan profundo cada latido de mi corazón, la sangre fluir por mis arterias, el aire viajando por mis pulmones, y una lágrima que caía directamente al suelo, como si un trueno castigara el árbol inocente en el bosque más olvidado de la tierra.

Pasaron segundos tan rápido como flechas.
Y abrí los ojos.
Para cuando mis retinas podían capturar luz, recordé que hacía yo en aquel lugar.

Diversos tubos metálicos finos con líquido extraño que descansaban en el suelo, como si el orgasmo les hubiera llenado de éxtasis y quedaran inmóviles ante el sacrificio.
Y filtros de algodón de un aroma nauseabundo, decenas, decenas de ellos.
Un pequeño vaso roto en la mesa, allí, junto al reloj.
Todavía sangrando de whisky.

Tenía moretones en el antebrazo, y las manos calcinadas.
Malolientes.
Desagradables.

Era todo oscuridad, soplaba un viento violento, pero común para mi, la monotonía reinaba para entonces.
Unos breves acordes todavía resonaban como una reverberacion en mi inconsciente...

¿Qué sucedió?
No lo recuerdo.

Soy víctima de un ataque de pánico e inquisidor de mi propia existencia.
Soy una maldición de brujo de antaño, y caldero de magia demoniaca.
Soy humo y ceniza enfermizo, pero también soy fuego que quema y lastima a aquel quien me toca.

Acepto mi castigo, soy la penitencia viviente.

Mis pies me arden.
Y mi cabeza da vueltas...
Y mis manos tienen líquido de vida...
Y mis ojos me punzan...
Y mi realidad me duele.

Miro por la ventana y todo ha seguido igual.
Nadie se percata...Y de pronto lo recuerdo todo.






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