domingo, 4 de noviembre de 2012

Si tan sólo los mares fueran piadosos...

Despertaba, como uno de los días anteriores, y me inundaba la ausencia, pues ella no se encontraba en la cama ya, ¿a dónde estaba mi amada entonces? Viré mi cuerpo hacia todas direcciones buscándote, precisando lugares recónditos de mi despiadada habitación escarchada, para saber adónde podrías estar, amada mía.

Y ahí estabas tú, frente a un cristal reflector, que potenciaba tus virtudes físicas, cuando yo te veía por atrás, y se reflejaba tu imagen preciosa en el espejo. Tomabas entonces tus cabellos con tus manos, formando una cola de caballo, y todavía con una carita que despedía su baho en el ambiente frío del invierno. Qué hermosa se miraba en ese entonces; súbitamente notó que yo ya estaba despierto y consciente, mirándola fijamente, enamorado.

Me dirigió una sonrisa y los buenos días, y yo todavía embalsamado de su esencia, no respondía, sólo miraba las curvas etéreas de su cuerpo blanco, con unas vestimentas blancas como las nubes, una simple playera mía, aguada y muy blanda, como de algodón, y sus pequeñas bragas que cubrían su pubis.

—Bue...buenos días. ¿Has amanecido bien? Es raro que despiertes primero que yo.
—Hoy me dió por arreglarme temprano—sonrío.

Me puse de pie, haciendo de lado las cobijas que cubrían mi cuerpo, todavía caliente por la siesta nocturna de nueve horas. Me acerque con ella y rodeándola con mis manos en su cintura, le di un pequeño beso con mis labios en una de sus mejillas, no recuerdo cual.

—Hoy has amanecido más bonita de lo normal.
—Eres un tierno.

Tome algunas prendas, y me cubrí del ambiente, tome un cepillo, y me arreglé un poco el cabello, para no presenciarme tan descabellado.
Tomamos nuestra primera comida del día, después la segunda y antes de la última, paseamos un poco por un jardín que parecía más un laberinto de árboles con hojas secas y cubiertas por escarcha prenocturna, hallamos una banca desolada, como si fuera abrazada por la nieve, y le sacudí esos trozos blancos fríos, para que ella pudiera descansar sus pies.
Aún recuerdo como iba vestida, con sus vestimentas ardientes, y esos ojos incandescentes que me miraban a mi, y sólo a mi, un gorro de lana que cubría sus orejas, y ese aroma tan propio de su persona, el mismo que emanaba de su almohada y sus cabellos, que por suerte y buen destino, podía respirar todas las noches, junto a ella.
Tomaba su mano, delicada como un pétalo de pensamiento violeta, y frotaba un gemelo contra el suyo, en señal de el gusto que tenía por ella, y por su magnífica personalidad.
¿Qué podríamos hablar aquella tarde, qué sentí tantas cosas?
Como si explosiones en mi cabeza estallaran segundo a segundo como música nunca oída, y colores que nadie podía imaginar en esta vida, contando por supuesto, todos los sentimientos innatos e inexplicablemente maravillosos que me ahogaban en tan sólo estar a su lado.

¿Por qué me enloquecía tanto su piel fina como la seda?
¿Por qué no podía pasar un sólo segundo sin su rostro en mi mente?
¿Por qué su aroma estaba impreso en mi mente, como la misma necesidad de respirar?

Finalizando, tomamos café, y dimos infatigables caladas a un cigarro mentolado, en conjunto, sabía gracioso, y nos reíamos de la vida y sus anécdotas y bromitas juguetonas, cosquillas y chispillas que se nos ocurrían, pero cuando íbamos de nuevo a descansar el cuerpo del día, ella me tomó de la mano, en acción juerguista, y me abrazó, como nunca lo había hecho, se reía sin parar no sé de qué cosa, mostraba sus dientitos al mundo, una sonrisa tan encantadora como hermosa.

—Dime que me amas, dimelo, gritalo, susurramelo, házmelo creer.
—¿Por qué decirtelo con simples palabras, si puedo hacertelo creer fusionandonos el uno al otro?
—Picarón.
—Tú lo has dicho. —repliqué.

Nos acostamos en la amplia cama, y hubo un momento en donde nos quedamos tan cerca el uno del otro que parecía que eramos sólo uno, un mismo ente que disparaba amor a todo lugar, y que no importaba ya nada, tan sólo ese prometido segundo.

Me tocó uno de sus labios, de poco en poco, apenas se rozaban, y podía absorber cada molecula de su aliento, y sus palabras, y las mías, y nuestras miradas, y el sentimiento, y su cabello, y las ropas entonces parecían estorbar solamente.

No hicimos el amor, él nos hizo a nosotros. Una velada erótica y romántica, que nos fundía en esferas de unión, esperanza y amor. Ese día no importaba nada, éramos ella y yo.

Y fuimos así, y éramos así, y seríamos así...inocentes como niños, perdidamente enamorados como adolescentes, y por siempre juntos, como los ancianos inseparables...





"Just Kids - Echo Lake"